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Qué curiosas somos las personas. Unos rubios, otros morenos, algunos pelirrojos… Cada uno de un padre y una madre, pero en esencia nos movemos por las mismas cosas. Y si no te lo crees, no tienes más que salir de la oficina y ver cómo la gente se mueve en mareas, de un lado para otro, seguidos por la misma llamada. ¿Que no?

Un ejemplo sencillo, pero universal: Llega septiembre y el número de ingresos en los gimnasios se dispara. ¿Qué ocurre, es la hora feliz? No, lo que ocurre es que llevamos todo el verano en la playa aguantando a ese amiguete o “amigueta” cachas que nos mira con aires de suficiencia mientras se echa crema por su esculpida figura. En esos momentos pasan por tu mente el número de dietas fallidas, ese propósito de año nuevo al que obviamente no le hiciste ni caso, los churros, las tardes de sofá, la mona de pascua y las cervecitas de los lunes, miércoles y viernes. Y decides que vas a empezar a ponerte en forma. Y no vas a esperar otra vez a enero, no, eso es muy mainstream. Tú eres un tío que se mueve por su propia estela y no necesita la ocasión en la que todo el mundo decide ponerse en forma. Te vas a apuntar al gimnasio en septiembre, como un campeón, y además vas a comer sano. “¿Y en navidad ensalada?” Bueno, en navidades ya veremos.

 

Qué curiosas somos las personas. En Valencia acabamos de pasar las fallas, la fiesta más sonora de todas las fiestas. En caso de que vengas de Saturno y no las conozcas, te contamos que son unos días donde vas andando tranquilamente por la calle y unos pequeños mamíferos denominadas niños se dedican a lanzarte bombas justo a tu paso hasta que llegas a casa nervioso y con los oídos zumbando, como si volvieses de un after en Ibiza.

 

Puedes amar u odiar las fallas, pero lo bien seguro es que no van a dejarte indiferente. Los que somos de Valencia y volvemos a la oficina después de unos días de mascletàs, fuegos artificiales y fallas ardiendo, seguimos con los nervios a flor de piel, como esperando qué un petardo estalle a nuestro lado de un momento a otro.

 

Así que en Oficines queremos darte lo que más te hace falta, unos bri-consejos para practicar mindfulness después de fallas. Porque muchas veces las personas somos así, nos equilibramos mediante una de cal y otra de arena.

 

El mindfulness ha triunfado a escala mundial, seguramente por ser un tipo de meditación alejado de las religiones, la filosofía oriental y la espiritualidad. Se trata de un sistema probado y ampliamente utilizado en psicología, con el que aprendemos a relajarnos con más facilidad, a conocernos y comprendernos mejor. Practicar mindfulness otorga calidad de vida en general, pero aún más si venimos de fallas. Además, no necesitarás estrictamente una esterilla y una postura zen para practicarlo: puedes hacerlo en la cama, en el sofá e incluso en una silla. Puedes hacerlo ahora mismo, aunque estés de pie, en el metro o andando por la calle.

 

Te hemos traído un pequeño video que te enseñará, si aún no lo habías intentado. En él te explican de forma muy entretenida en qué consiste y cómo practicarlo en el día a día. Finalmente te guiará en un ejercicio simple de meditación en un minuto, para que no vengas con la excusa del “no tengo tiempo”.